
Hace tiempo que se insinúa sobre el énfasis que pone Cristina Fernández de Kirchner en “imitar” a Evita. Tal vez de forma inconciente, fruto de su gran devoción y admiración por la mujer de Juan Domingo Perón o, con mayor seguridad, con motivo de una "estrategia marketinera", intentando que el imaginario colectivo de muchos "los acerque" a aquellas otras épocas, a aquellos otros personajes.
Su apoyo incondicional a su marido y su continuo elogio a sus años de gobierno, su referencia reiterada sobre su condición de mujer -bastante criticable por cierto-, el interés por "la redistribución del ingreso", sus gestos, su voz ronca durante el último discurso, los contenedores abrazos de Kichner, e inclusive su afán por renovar su vestuario, todo parece "aproximarla" a una imagen del pasado.
Desde hace tiempo, tanto el ex presidente Néstor Kirchner como su esposa buscan continuamente “amalgamarse” a las figuras que dieron origen y fundamento al peronismo. Los "por qué" pueden ser muchos, lo que dudo es la efectividad.
Pero las diferencias con Perón y Eva Duarte son muchas, y de raíz: de forma, de criterio, de contenido. Más allá de "compartir una base ideológica", las épocas no son las mismas, ni los personajes, ni las condiciones, ni las posibilidades. Parece que a los argentinos nos gusta "repetirnos", girar en círculo y volver siempre al mismo lugar. Parece que no aprendemos a diferenciar logros y fracasos y pretendemos limitarnos a "figuritas repetidas". ¿Por qué no ser uno con todo lo que ello implica?
Pese a esto, si algo no puede negarse -ni dejar de elogiarse- es la importante retórica de nuestra actual presidenta, su capacidad discursiva, su persuasión, su oratoria. Cada movimiento, cada palabra pronunciada, se encuentran meticulosamente estudiados, diagramados y programados. Con lo bueno y lo malo que implica, debemos reconocer que hacía décadas que en este país no era posible oir discursos como los actuales.
Pasen, vean, comparen...
(Dr. Lecter)